Nadie peca involuntariamente.
Lo hacemos porque el pecado nos ofrece algún tipo de promesa de felicidad.
Esa promesa nos esclaviza hasta que creemos que Dios es más deseable que la vida misma (Salmo 63:3).
Solamente el poder en las promesas superiores de Dios y del evangelio
puede emancipar nuestros corazones de la esclavitud de las promesas
superficiales y placeres efímeros del pecado.
El pastor Piper muestra la manera de separar esas raíces del pecado que se aferran a nosotros tales como: